viernes, enero 20, 2006

(Para que nunca más lo lean: ejemplo de crítica autodestructiva.)

Maruxa y la rosa blanca

1
-Veámonos pronto, Julián.
-Así sea, rabino Ismael.
Julián se apresuró a salir de la sinagoga. Aquel día no se había entregado a su oración, sus pensamientos vagaban indefinidos; hoy sólo había pronunciado palabras sin sentido... Nunca antes le había sucedido. Julián era un judío de creencias religiosas muy profundas, toda su vida giraba en torno a su dios, y diariamente acudía a su cita de agradecimiento y reflexión. Por primera vez, algo le había impedido seguir su rito, y aquello no hacía más que aumentar su nerviosismo.
Porque Julián estaba preocupado, temeroso. Su rutinaria vida había tornado a otra repleta de miedos y recelos. Desde aquella noche.
El frío azotaba las calles, se clavaba en la piel y congelaba los sentidos; pero otorgó a Julián un fogonazo de serenidad.
``Iré a ver a Efraín a su bodega´´ sentenció Julián. `` Él siempre supo ayudarme con su sabiduría en los momentos en que todo parecía cruel y el mundo me mostró su cara más brutal.´´
Julián sabía mucho de brutalidad. Él siempre fue fiel a su religión; y hubo tiempos en que esto le llevó a la soberbia, a la intransigencia y a defender ante todo el poderío y la grandeza de su raza. Ante todo. E incluso ante su hija, que terminó sus días muerta en brazos de su amante cristiano, rodeada de un charco de sangre, bajo la ``Fuente Chiquita´´ del pueblo. Y no le bastó con ello, sino que se negó a enterrarla en el cementerio, y lo hizo a orillas del río que pasaba bajo el puente de la misma fuente. Fueron tiempos oscuros, en los que todo estuvo teñido por la angustia y el tormento.
Fue entonces cuando Efraín le aconsejó y le ayudó a rectificar. O, al menos, consiguió cubrir todos aquellos hechos y desterrarlos al lugar donde guardamos nuestro pasado más remoto, aquello en lo que jamás creemos que volveremos a recaer.
A través de las estrechas calles flanqueadas de casas de madera de castaño y adobe, Julián se dirigió con paso decidido hacia la calle del Vado, a la bodega de Efraín.
Curiosamente, la bodega estaba en frente del puente de la Fuente Chiquita, y allí fue donde avistó a Efraín. Éste le llamó alegremente en cuanto divisó a Julián observándole, el cual se dirigió hacia él, ya no tan jovial como el primero. Efraín lo advirtió.
-Julián -su rostro barbilampiño se tornó lúgubre -... Julián, ya te conozco como si fueses parte de mis entrañas; tus ojos me revelan tus pesadillas; sé que algo inverosímil te ha ocurrido. ¿No habías logrado dejar atrás todas tus dudas y miedos? ¿Qué ha sucedido?
-No sé... Pienso que la locura está apoderándose de mi ser. No puedo afirmarte que realmente ocurriese, pero estuvo tan presente... Algo increíble, inconcebible. Efraín, ¿me creerás?
-Dependerá de la confianza que hayas depositado en mí. Si no te creyese, ¿para qué todos estos años? Cuéntame.
-Fue hace dos noches. No conseguía conciliar el sueño, y decidí dar un paseo para retomar más tarde el descanso. Cuando quise advertirlo estaba aquí, en la Fuente Chiquita. El aire era fresco y a la vez agradable. Atisbé el río, con la mirada fija en sus profundidades, y, de pronto, la visión comenzó a enturbiárseme y un sudor frío empezó a recorrer mi cuerpo. De repente, unos sollozos se agolparon en mis oídos. Unos sollozos que yo conocía muy bien...
-¿De quién eran?
-De Maruxa.
-¡Tu hija!
-Efraín, si no hubiese estado en las piedras de la balaustrada, hubiese caído al suelo. ¿Qué fue lo que sucedió? ¡No logro entenderlo! ¡Si pudiese expresar con palabras lo que sentí cuando aquel último ``quejío´´ final me devolvió a la realidad! Debo estar enloqueciendo. Intenté olvidar a mi hija; ahora ella quiere llamarme, reclamar su presencia. Yo la borré de la faz de la tierra; pagaré por ello. De todas formas... Si sólo hubiesen sido gritos... Oí además una palabra: ``Padre´´.
-¿Padre?
-Anoche volví al puente, de nuevo de madrugada; ya sabes que la imprudencia es uno de los grandes defectos de la gente como yo... No sería la primera vez que pago por ello. Las sensaciones volvieron a ser las mismas: el extraño mareo, el frío que congela las venas... Y esta noche Maruxa me susurró dos nuevas palabras: ``te traeré´´. He venido para pedirte consejo, Efraín. Si tú me dices que no vuelva esta noche no lo haré, pero quiero saber si tú consideras eso lo correcto.
-Julián, no voy a darte un consejo; no te lo pediré. Te lo ruego. No vuelvas esta noche ni ninguna otra. Maruxa no se conformará con ir pudriendo noche a noche tu alma con sus gritos, o con sus suspiros. El día que menos lo esperes, si sigues acudiendo de madrugada a este puente, Maruxa te robará el alma.

2
La noche había llegado a la casa de Julián. Su cuerpo temblaba, y escalofríos le recorrían la espalda. Escalofríos de temor, de miedo.
Había matado a su hija, ciegamente, sin piedad. Y por una sinrazón. Ahora que le llamaba, que tenía la oportunidad de redimir su culpa, ¿iba a ignorar su súplica?
No podía dejar todo aquello de lado, continuar su vida como hasta ahora había hecho.
Se levantó y avanzó a la entrada de la casa. Abrió la puerta y una corriente fría inundó la estancia.
Y Julián comenzó a llorar.

3
A las tres de la madrugada, una figura se recortaba en la oscuridad. Observaba atentamente las aguas del río. De repente, la figura se estremeció. Sintió un gélido grito que susurraba en su oído una palabra: ``conmigo´´.
En su último instante, un relámpago de lucidez se transformó en su aliento final: ``Padre, te traeré conmigo´´. Con él llegó el conocimiento de que todo había terminado; y entonces cayó contra el terreno pedregoso del puente.
Los gritos cesaron, y el tiempo pareció detenerse.
El hermoso cuerpo de una bella muchacha surgió del río y se encaramó al puente, sorteando su balaustre con gran agilidad. Observó el rostro de la figura que yacía en el suelo, y un destello de sorpresa asomó en sus delicados ojos, alterando mínimamente la candidez de su semblante. Pero, al instante, desapareció su gesto de asombro; y colocó una rosa blanca sobre el cuerpo de la figura.
Tan prontamente como salió del río, se internó en él.
Y la tranquilidad reinó de nuevo en la noche, en aquel río, aquella fuente y aquel puente. Un puente con el cuerpo sin vida de un hombre, y una flor sobre él.
Una rosa blanca.

4
El alba trajo consigo un nuevo día al pequeño pueblo. El sol había ganado terreno al frío, y una calidez especial instigaba a la gente a sus quehaceres diarios.
Entre ellos estaba Julián, que nada más abrir los ojos tuvo una extraña sensación de incertidumbre.
Algo había ocurrido.
La pasada noche estuvo a punto de ir a la Fuente Chiquita y escuchar la llamada de su hija. Pero después de abrir la puerta de su casa, volvió dentro, siguiendo el consejo de Efraín.
No tenía por qué preocuparse esta mañana, pero, a pesar de todo, algo le inquietaba.
Atravesó corriendo las angostas calles hasta llegar a la Fuente Chiquita.
La aglomeración de gente en torno a algo situado en el suelo, el murmullo y las expresiones de consternación le preocuparon aún más. Se internó bruscamente en el grupo, haciendo caso omiso (o quizá sin advertirlo siquiera) de las protestas del gentío.
Cuando por fin vio la causa de tan grande expectación no creyó que estaba loco ni que había perdido la razón, ni lloró, ni se cayó al suelo. No hizo nada; no sintió nada. Sobre el puente yacía el cadáver de su gran amigo Efraín, y sobre él descansaba una rosa blanca.
Maruxa quería perdonar a su padre, a cambio de su vida. Pero Maruxa había robado la existencia de Efraín, y no la de su padre, por haberle rogado a Julián que no acudiese a su llamada ninguna noche más, y por presentarse él imprudentemente.
Maruxa descansaría en paz.
Su padre murió a la semana siguiente.